Nuestro objetivo es el de tratar de mostrar que las premisas en las que se fundamente esta pseudociencia, son erróneas. La astrología hoy día consiste en aplicar la influencia de los astros en las personas, o bien pronosticando el futuro del individuo, o describiendo las características del mismo, y especificamos hoy día porque antes del Renacimiento se empleaban los vocablos astrología y astronomía indiferentemente, momento a partir del que ambos términos, antes hermanados, acabaron representando diferentes conceptos, además en gran medida irreconciliables. Y puesto que la palabra astrología significa “estudio de los astros” (-logia, viene del griego y significa estudio, conocimiento…), una no puede más que preguntarse si quizás lo más adecuado y apropiado no sería empezar por cambiarle el nombre por el de “astromancia” (mancia, -manteia, que viene del griego y sigifica adivinación).
Como todos sabemos, los signos del zodiaco son doce, que responden a 12 constelaciones. Una constelación no es más que un conjunto de estrellas que, divisadas desde la Tierra, y haciendo un enorme esfuerzo de imaginación, forman figuras que nuestros ancestros vieron, o más bien, querían ver… Estos, preocupados por el futuro, buscaron maneras de adivinarlo.
Si nos dedicamos a observar cada noche el cielo, acabaremos viendo figuras a las que podremos darle un nombre y hacerlas formar parte de nuestro propio repertorio de constelaciones. Esta arbitrariedad se nos demuestra en el hecho de que los astrólogos mayas, chinos y mesopotámicos veían diferentes formas en las constelaciones primitivas. Pero estas constelaciones no son más que un grupo de estrellas, que observadas en dos dimensiones (la forma en que lo vemos, la conocida “bóveda celeste”) y no en tres, como se encuentra el Universo, nos representan figuras, cuyos puntos se encuentran, de hecho, en la mayoría de los casos, a años luz de distancia, es decir, no forman parte más que de un dibujo que además ha sido invariable desde hace más de 2000 años, cuando, entre otras cosas que explicaremos, científicamente está probado que el Universo no es inmutable, sino que cambia constantemente.
Partiendo de esta base, vamos a destripar dos realidades que cuanto menos, nos hacen replantearnos todo fundamento en el que la astrología se basa.
En primer lugar, y como ya hemos dicho, los signos del zodiaco para los astrólogos son doce, doce constelaciones que representan cada una a un diferente animal, cuyas características, supuestamente, van a describir a quien nazca bajo ese signo (es decir, los rasgos del ser mitológico al que representa la constelación en la que el sol ha entrado cuando naces). Pues bien, para empezar, no son doce sino catorce las constelaciones existentes (aunque realmente existen más de 80, pero de menor importancia), tendríamos que añadir a Ofiuco (la más importante de los dos), y a Cetus (también conocida como La Ballena), de tal manera que el calendario actual, como veremos, quedaría modificado, cambiando para muchas personas el signo que, ficticiamente, les representa.
ARIES: 18 de abril a 13 de mayo.
TAURO: 13 de mayo a 20 de junio.
GÉMINIS: 20 de junio a 19 de julio.
CÁNCER: 19 de julio a 9 de agosto.
LEO: 9 de agosto a 15 de septiembre.
VIRGO: 15 de septiembre a 30 de octubre.
LIBRA: 30 de octubre a 22 de noviembre.
ESCORPIÓN: 22 de noviembre a 29 de noviembre.
OFIUCO: 29 de noviembre a 15 de diciembre.
SAGITARIO: 15 de diciembre a 19 de enero.
CAPRICORNIO: 19 de enero a 16 de febrero.
ACUARIO: 16 de febrero a 11 de marzo.
PISCIS: 11 de marzo a 27 de marzo.
CETUS: 27 de marzo a 28 de marzo
PISCIS (de nuevo): 28 de marzo a 18 de abril.
En segundo lugar, los astrólogos no tienen en cuenta el movimiento de precesión de la Tierra (sería algo así como el movimiento de una peonza). Las consecuencias de esto son trascendentales, pues los polos nunca apuntan al mismo punto, y en estos más de 2000 años la situación de los astros ha variado, no habiendo sido tenido en cuenta adaptando a tal efecto el calendario zodiacal.
Además, es interesante hablar de El Efecto Forer, que recibe su nombre del psicólogo y profesor en la Universidad de California, Bertram R. Forer, quien en 1948 realizó un interesante experimento con sus estudiantes. El ensayo consistió en repartir entre sus alumnos un test de personalidad que debían rellenar. Después entregó a cada uno de ellos el resultado de la prueba y les pidió que la puntuasen del 0 al 5 según la valoración que le daban. El promedio de la valoración de la clase fue de 4,26. Parecía claro que su “veracidad” en cuanto a su capacidad como aparente “astrólogo” era incuestionable, si no fuese por el hecho de que, en realidad, había repartido el mismo texto a cada uno de sus estudiantes, los resultados eran exactamente los mismos. El texto es el siguiente:
“Tienes la necesidad de gustarle a otras personas y de que te admiren, y con todo tiendes a criticarte. Aunque tienes algunas debilidades de personalidad generalmente eres capaz de compensarlas. Tienes una considerable capacidad que no has usado en tu beneficio. Disciplinado y autocontrolado en el exterior, tiendes a ser aprensivo e inseguro interiormente. A veces tienes serias dudas en si hiciste lo correcto o tomaste la decisión acertada. Te consideras un pensador independiente, y no aceptas las afirmaciones de otros sin pruebas satisfactorias. Pero has encontrado desaconsejable ser demasiado franco en darte a conocer a otros. A veces eres extrovertido, afable, y sociable, mientras que otras veces eres introvertido, cauto, y reservado. Algunas de tus aspiraciones tienden a ser más bien irreales.”
Así demostró que con valoraciones genéricas el porcentaje de aciertos en cuanto a cuestiones de esta índole es alto, y es más aceptado cuando el análisis expone más cosas positivas que negativas.
El test se ha seguido realizando por todo el mundo hasta la actualidad y las puntuaciones no bajan del 4,2.
Viéndolo así, parece un poco difícil creer que este dibujo cósmico pueda describirnos, y más aun pronosticar nuestro futuro.
junio 25, 2009 a las 4:52 pm |
Sin entrar todavía demasiado en el tema (tal vez haya posibilidad en función de los comentarios), el hecho fundamental que hizo que en el Renacimiento empezaran a separarse la astrología de la astronomía fue la invención del telescopio. Y, más concretamente, la utilización del mismo por Galileo.
Aristarco de Samos había planteado, en contra de la teoría aristotélica, el modelo heliocéntrico del sistema solar. Sin embargo, la que prevaleció, como otras muchas en ciencia, fue la geocéntrica de Aristóteles. Es decir, la Tierra es el centro del universo y todo se mueve alrededor de ella; existe un mundo sublunar imperfecto, y un mundo supralumar perfecto; las estrellas están fijas en el firmamento, girando al unísono alrededor de la Tierra…
Galileo descubrió, entre otras cosas, con el telescopio, que había una serie de astros girando alrededor de Júpiter, los satélites galileanos: Io, Europa, Ganimedes y Calisto. Esto rompía la perfección aristotélica, ya que había astros que giraban alrededor de otros astros externos. Con ello, y no sólo con ello, dio un impulso definitivo a la teoría copernicana, que no era muy diferente de la de Aristarco: en el sistema solar, el Sol es el centro y no la Tierra. Luego vinieron las leyes de Kepler y mucho más.
La astrología sigue planteando, hoy en día, el universo desde el punto de vista geocéntrico: el Sol y el resto de los astros giran alrededor de la Tierra. Si bien, desde un punto de vista relativista (me refiero a la relatividad de Galileo y no a la de Einstein), esto es posible, no es menos cierto que explicar el movimiento de Ganimedes manteniendo la Tierra como punto de referencia es mucho más complicado que explicarlo suponiendo que es el Sol el que está fijo.
Lo cierto es que ninguno de los dos (ni Sol ni Tierra) está quieto, que los movimientos de los astros son mucho más complejos que lo que pretenden los astrólogos, que ellos hacen simplificaciones basadas en el desconocimientos (real o voluntario) y/o en el engaño, y que no consideran otros muchos cuerpos del sistema solar, por no salirnos del mismo, que pueden tener una influencia mayor, por masa o distancia, que los considerados.
Por citar sólo un ejemplo: Ceres, aunque menor en tamaño que Plutón, está muchísimo más cerca de la Tierra. Aplicando las leyes de Newton, su influencia debiera de ser muy superior, más de 30 veces superior. Sin embargo, Ceres no está considerado en las carta astrales y Plutón sí. ¿El motivo? Algo tan aleatorio como que Plutón ha estado considerado un plantea por la Unión Astronómica Internacioanl, hasta 2006, y Ceres era considerado un asteroide. Desde entonces ambos tienen el mismo status: planeta enano, y nadie ha rectificado todavía las cartas astrales por este hecho.
junio 26, 2009 a las 8:19 am |
Muchísimas gracias Untiocualquiera!
Como siempre, muy interesante todo lo que nos aportas
. Te agradecemos las apreciaciones que haces, y que nutren siempre toda la información que compartimos
. Sigue acompañándonos en este nuevo blog!